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Un inmueble público abandonado en Belo Horizonte fue ocupado por diversos colectivos. El deseo común era tener un espacio para inventar otros modos de vida, otros modos de lidiar con la política, con el cuerpo, con la ciudad. Encontramos una arquitectura arañada por las uñas de su antiguo uso: Hospital de Neuropsiquiatría de Niños, tiempos de tortura y dolor. Ante la eminencia de su derrumbamiento, ofrecía riesgo de muerte: la nuestra, la de la memoria de los niños que por allí estuvieron, la de la memoria de la ciudad grabada en las paredes. Creamos un proceso de transformación del edificio a través del compromiso activado por experimentos formativos y prácticas cotidianas del no saber para hacer una arquitectura otra. Apostamos en la restauración que se realiza no sólo con la materialidad, pero con otros cuerpos ocupando el espacio. La metodología fue agraciada con el mayor premio de patrimonio de Brasil y nos gustaría compartirla en Uruguay.

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