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De niño construí con mi caja de piezas un palacio de la diversión para un amigo y sus amigos, en una ciudad lejana. Desde mi mirada extranjera, debía estar atento a su cultura construida por puro placer.

Imaginé amigos atareados buscando vitalidad en la diversión. Un gran grupo dispuesto a jugar, buscando su unión y separación en el arte, o sea, en el libre juego de la competición, la suerte, el disfraz y el vértigo.

Supuse una muchedumbre activa, buscando su alma errante en el interior mismo de su vida. Una muchedumbre nueva, crítica, dinámica, que no quería ni la opulencia de un Palacio, ni la presencia soberana de una Catedral, ni la solidez de un Museo. Quería solamente un lugar para jugar, escondido, así como se esconden los rincones más hermosos.

Comencé a jugar con mis piezas a juegos increíbles. Jugué a encontrar huecos de oportunidad para entrar al reino de la fantasía. Busqué abrirlos a lo desconocido de la aleatoriedad.

Avanzado mi juego pero siempre inacabado ahora es usado por todos como un lugar nuevo, vibrante, participativo, y mi amigo imaginario, ahora real, lo encontró…, lo vivió como MÁGICO!, I WANT TO BELIEVE, dijo, y gritó GOOOOL.

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